El papel de primera dama, a debate en la era #metoo

0
318
Melania Trump, primera dama de Estados Unidos, en el Despacho Oval
Melania Trump, primera dama de Estados Unidos, en el Despacho Oval

Fue elegida como una de las imágenes del año por «The New York Times»: Melania Trump, primera dama de Estados Unidos, sentada sola en un sofá del Despacho Oval y rodeada por una nube de periodistas.

La foto es de junio de 2018. Un par de años antes, en noviembre de 2016, la imagen era otra. Según el periodista Michael Wolff, autor de «Fire and Fury», Melania lloró al conocerse la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales. No quería ser primera dama, ese papel reservado a las esposas de los jefes de Estado por el que muchas aparcan sus carreras profesionales y se convierten en la mejor aliada de su marido.

Cada vez más, la figura de la primera dama se pone en el foco del debate. Muchos se preguntan si realmente es necesaria, si se justifican sus gastos o su presencia en foros internacionales. Por otro lado, que sus áreas de trabajo estén casi siempre relacionadas con sanidad o educación es visto como una forma de perpetuar ese rol tradicional de la mujer como cuidadora.

«No es ninguna sorpresa, de manera tradicional a las mujeres con representación política se les han atribuido responsabilidades sociales y de cuidados», explica María Solanas, directora de Programas del Real Instituto ElCano y especialista en temas de igualdad de género, «incluso las ministras que se han incorporado en las últimas décadas a los gabinetes de Gobierno ha sido en Sanidad, Educación… áreas donde se centralizan tareas de cuidados». Que son las mujeres las que cuidan no es ninguna sorpresa -según datos del ministerio de Empleo, en 2017 un 90,57% de los permisos laborales por cuidado de familiares fueron solicitados por mujeres-, pero el techo de cristal en política es más que claro.

Para Gerardo Correas, presidente de la Escuela Internacional de Protocolo (EIP), la figura de la primera dama «da una imagen en cuestiones sociales, potenciando la imagen del cargo público». Un trabajo, el de esposa de jefe de Estado, que algunas mujeres empiezan a rechazar, pero que Melania Trump sabía que en Estados Unidos es inevitable.

De vuelta a los orígenes

Fue en 1877 cuando la periodista Mary C. Ames se refirió a Lucy Webb Hayes, esposa del 19º presidente de Estados Unidos, Rutherford B. Hayes, como «la primera dama de la tierra», si bien algunos estudios retrotraen el nacimiento del término a 1849 para referirse a Martha Washington en su funeral.

La importancia de la primera dama en el país norteamericano es innegable. «En Estados Unidos el papel tiene proyección social, ya que es un modelo en el que el principal foco político en término sociales es el presidente», analiza Solanas, «en la sociedad americana la unidad familiar está también muy conectada con la política y casi desde el inicio de los tiempos de la democracia americana hay una presencia de las primeras damas importante o relevante».

De hecho, como señala Correas, «Melania es mucho más mediática que Donald Trump, él es solo destaca en el ámbito político, ella es mucho más influencer». Si miramos a su antecesora, Michelle Obama logró romper todos los récords históricos en el primer mandato de su marido, convirtiéndose, según una encuesta de Pew Research Center, en la primera dama más popular desde que se realizan estas encuestas, con un 71% de aceptación. Melania Trump, el pasado mes de diciembre, solo alcanzaba un 43% de aprobación

La esposa del presidente de Estados Unidos ha sido una de las primeras damas más criticadas. Solo hay que recordar la polémica suscitada por la chaqueta de Zara que llevó para visitar la frontera con México, donde podía leerse el mensaje «I don’t care, do U?», para muchos una crítica a su marido, para otros una crítica a la prensa, más preocupada por qué se pone que por lo que hace.

«Un buen análisis de su ropa les perjudica porque son profesionales, están haciendo un trabajo y ese trabajo trasciende a lo que es la moda», incide Correas. Eso sí, destaca que cada vez más «las grandes primeras damas, sobre todo en Casas Reales, se quieren acercar a la realidad social y repiten vestidos, actúan de manera más natural que primeras damas de República, menos cuestionadas».

Apoyo a la monarquía

En marzo de 1962, John F. Kennedy y su mujer, Jackie Kennedy, visitaron Londres. Los rumores históricos -potenciados por la serie «The Crown»- dicen que Isabel II se sintió eclipsada por la estadounidense, cuyo título de primera dama perfecta se acrecentó tras el asesinato de su marido.

Poco o nada se puede comparar a ambas mujeres, una era reina, la otra estaba casada con un presidente. Diez de los estados europeos son monarquías y sus sistemas políticos tienen el foco en el parlamento. En elloss, la primera dama es la esposa del rey y su papel consiste, principalmente, en «apoyar a la institución monárquica». Un rol en el que no están solas, con figuras emergentes como Catalina de Cambridge o Meghan Markle que hacen «unas ayudas tremendas en cuanto a su función social».

«En el caso de la monarquía española ha habido una tradición que comenzó Don Juan Carlos de que los Reyes formen un equipo de trabajo, tradición que han seguido el Rey Felipe VI y Doña Letizia», indica Solanas. Juntos cumplen con sus funciones representativas, pero también promueven la unidad nacional o la ejemplaridad. «Es una estrategia global de comunicación de la Casa Real como jefatura del Estado», resume Correas.

Pero, más allá de su función para la Corona, las reinas siguen teniendo su foco de trabajo en los cuidados. Bastan dos ejemplos: la Reina Letizia trabaja en educación o la visibilidad de las llamadas «enfermedades raras», entre otras cuestiones, mientras Máxima de los Países Bajos -otra primera dama más valorada que su marido- se centra en la inclusión de las mujeres en el ámbito laboral y es asesora especial para promover la financiación inclusiva para el desarrollo en las Naciones Unidas.

¿Y ellos?

En la actualidad, menos de un 20% de los 193 países que forman parte de la comunidad de Naciones Unidas tienen una mujer al mando, una cifra que como señala Solanas «está muy lejos de lo que podemos considerar igualdad entre hombres y mujeres».

Sin embargo, sí deja importantes excepciones, como Gauthier Destenay, marido del primer ministro de Luxemburgo, o Clarke Gayford, pareja de Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, que ha aparcado su trabajo para dedicarse a la crianza de su hija. «Todavía choca en el siglo XXI que un hombre asuma roles de cuidados atribuidos a las mujeres. Es una muestra del camino que nos queda por recorrer», indica Solanas.

 

 

 

 

Leer más…

Déjanos tu opinión

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here