La falacia de que Felipe II y la Inquisición condenaron a España al atraso y al fanatismo

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Retrato de Felipe II por Alonso Sánchez Coello
Retrato de Felipe II por Alonso Sánchez Coello

Para gran parte de la historiografía europea, el error más grave del reinado de Felipe II, criticado por mil y un motivos más, fue la prohibición en 1559 de que los estudiantes españoles se matricularan en universidades extranjeras. Aquello condenó al país, a juicio de los grandes intelectuales de la Ilustración, a la miseria intelectual y al atraso. Supuso perder el tren de la modernidad que representaban las universidades protestantes…

Una sentencia que adolece de perspectiva histórica, y ni siquiera es cierta. Que el mundo anglosajón se fuera a convertir en el referente de la ciencia mundial y en la cuna de la Revolución industrial resultaba insondable en un tiempo en el que las mejores universidades estaban en el lado católico. Cuando toda Europa prendía en llamas de fanatismo, resulta ridículo cargar las culpas contra el mismo imperio. Contra el país donde se fomentaba, en la Universidad de Salamanca, la teoría heliocéntrica de Copérnico, discutida en el mundo calvinista; donde se hablaba de Derecho Internacional por primera vez, donde se debatía sobre leyes en protección de los indígenas a una escala hasta entonces inédita y donde los llamados arbitristas (economistas) manejaban análisis macroeconómicos de un lucidez asombroso para esos años.

La guerra de Lutero en la universidad

Por la pragmática del 22 de noviembre de 1559, Felipe prohibió salir al extranjero a los estudiantes para ir a estudiar o a enseñar a las universidades y colegios, en tanto los que ya estuvieran en tales centros debían volver antes de cuatro meses, bajo pena de confiscación de bienes y destierro perpetuo. La prohibición obedecía, según el texto, a cuestiones morales, económicos y políticos, afectando igualmente a clérigos y laicos. No en vano, la medida (similar a otros decretos emitidos en otros países) solo afectaba a los castellanos, a los que sí les permitían estudiar en centros docentes de la Corona de Aragón, el Colegio de San Clemente de Bolonia y a las universidades de Roma, Nápoles y Coimbra.

El Rey justificó la restricción en que habiendo en sus reinos personas muy doctas en todas las ciencias, no puede tolerarse que muchos de sus súbditos, frailes, clérigos y legos salgan a estudiar y aprender a universidades de fuera, porque de ello resulta que las propias «van de cada día en gran disminución y quiebra». Aparte de «que allende del trabajo, costas y peligros, con la comunicación de los extrangeros y otras Naciones se divierten y distraen y vienen en otros inconvenientes».

Buscaba así establecer un cordón sanitario contra las ideas protestantes, que, a decir verdad, nunca calaron en el país. No porque fueran especialmente perseguidas (en total, la Inquisición ejecutó a doce personas por luteranos en sus tres siglos de historia), sino porque Lutero, Calvino y compañía pusieron a disposición de los distintos príncipes y nobles alemanes y holandeses vehículos para debilitar al Imperio español. Más allá de cuestiones teológicas, ser protestante significaba distanciarse de España, debilitar a la potencia hegemónica con una religión que invocaba al emergente nacionalismo de estas regiones.

Las religiones reformadas convirtieran a los líderes locales en cabezas de sus iglesias, desplazando a Roma y a los cargos católicos en lo que a la administración de la moral se refiere. Conforme se consolidó el luteranismo, las universidades situadas en territorios de príncipes y reyes protestantes tuvieron que aceptar de buen grado o a la fuerza el punto de vista de la Reforma. La Universidad de Marburgo adoptó el protestantismo en 1527 y la de Cambridge asumió la postura anglicana tras la escisión iniciada por Enrique VIII de Inglaterra. La Universidad de Basilea pasó años críticos entre 1524 y 1535 cuando el consejo municipal impuso sus puntos de vista protestantes, expulsando a los profesores católicos y provocando una estampida de docentes y estudiantes. En el curso de 1528 tan solo contaban con un estudiante, y al año siguiente tuvo que cerrar sus puertas

Cuando las universidades de Colonia, Lovaina y París condenaron a Lutero y apoyaron a Erasmo, el reformador reaccionó con violencia contra las universidades, a las que calificó como «puertas al infierno, fosas de asesinos, casas de vicio…» donde reinaba el pagano Aristóteles por encima de Cristo. Las discrepancias religiosas, la división del profesorado y las revueltas sociales cerraron la libre circulación de alumnos por el mundo académico europeo.

Tanto los dirigentes católicos como los protestantes pusieron las universidades al servicio de los intereses políticos de cada reino, poniendo fin a la unidad intelectual y a la libertad con la que estudiantes y profesores se habían movido por toda Europa desde la creación de estos centros en la Edad Media. Y no solo por razones religiosas…. Durante la guerra entre Francia y España con la que Felipe II inauguró su reinado, la Universidad de París expulsó a los numerosos profesores y estudiantes españoles que allí residían a modo de represalia. Daba igual que ambos países estuvieran regidos por reyes católicos.

¿Funcionaron las medidas?

Felipe II estableció la mayoría de sus medidas contra el protestantismo tras descubrirse un brote luterano en la península a principios de su reinado. Ya desde tiempos de su padre, la Inquisición española elaboraba su propio índice de libros prohibidos, actualizado cada pocos años, concretamente en 1547, 1551, 1559, 1568, 1583, 1612, 1640, 1707, 1747 y 1790, cuyas restricciones eran distintas a las de la Inquisición pontificia y en muchos aspectos más comprensivo (aquí se introdujo el mecanismo de «purgar» partes de una obra para que se pudiera publicar el resto). En septiembre de 1558, Felipe II dictó, además, dos reales pragmáticas para controlar lo que se editaba e imprimía en sus reinos. Las imprentas debían inspeccionarse cada cuatro meses, y los libros importados tendrían que ser vistos por los «calificadores» del Santo Oficio antes de ser retirados de las aduanas.

Lo que es más cuestionable es que estas medidas resultaran efectivas y, sobre todo, que de verdad supusiera un impacto irreversible para la ciencia y la cultura española. Y, ciertamente, entre 1550 y 1650, el historiador de la ciencia José Pardo Tomás ha registrado 759 casos de obras científicas censuradas, probablemente solo una pequeña parte del total. Nada distinto de lo que estaba ocurriendo en otros países, donde la censura ejercida directamente por la Corona o por sus respectivos tribunales religiosos afectaron a todo tipo de títulos, sin que aquello fuera impedimento para que prendiera la ciencia y la Revolución industrial supuestamente antes que aquí.

Como recuerda María Elvira Roca Barea en su libro «Imperiofobia y leyenda negra», en países vecinos como Francia también había un índice de libros prohibidos igual de voluminoso, establecido tanto por la Iglesia como por el Estado, de hecho muchos libros prohibidos allí no lo estaban en España. En Inglaterra, la Licensing Order of 1643 permitió un nivel de censura que jamás hubiera soñado la Inquisición española. «La idea de que la existencia de un índice de libros prohibidos por la Iglesia [de Roma] ha afectado grandemente a la vida intelectual y científica en el mundo católico es uno de los tópicos nuevos en la renovación dieciochesca de la leyenda negra. Ha sido poco estudiado y goza todavía de gran predicamento intelectual», explica la investigadora en su libro.

No fue España un caso excepcional en la prohibición de libros o en la restricción de estudiar en otros países, salvo por todo lo contrario. Sin ir más lejos, aquí gozó de gran prestigio la obra de Copérnico, mientras esta era prohibida en las Universidades de Zurich (1553), Rostock (1573) y Tubinga (1582), entre otras en territorios protestantes. De ahí que Galileo quisiera venirse a estudiar aquí o que el cosmógrafo que encontró un tornaviaje en el Pacífico, Andrés de Urdaneta, se valiera de las tablas del astrónomo polaco para llevar a cabo su descubrimiento. La era de los grandes exploradores españoles fue posible porque, precisamente, España estaba a la vanguardia en cuestiones científicas.

De forma excepcional, la Universidad de Salamanca incluyó en sus estatutos de 1561 que en la cátedra de Astronomía podía leerse a Copérnico, cuyo gran valedor fue Juan de Aguilera, profesor de astrología en este centro de 1550 a 1560. En 1594, la lectura se declaró obligatoria y el propio Felipe II costeo personalmente, entre otros, los trabajos de Alonso de Santa Cruz, que fue el primero en describir la variación magnética, y de Juan López Velasco, que describió los eclipses lunares de 1577 y 1578. La teoría heliocéntrica gozó así en España de gran vigencia, mientras Calvino se dedicaba a atacar a Copérnico por osar colocarse por encima del Espíritu Santo y, en 1551, Kaspar Peucer, yerno de Melanchton y profesor como él de la protestante Universidad de Wittemberg, pidió que se prohibiera sus enseñanzas.

Tampoco se hizo caso en España a la censura de la Inquisición Romana contra Galileo, en 1633, a pesar de que era vinculante para todo el orbe católico. La Inquisición española nunca incluyó los libros de Galileo en el Index Librorum Prohibitorum y los decretos del Santo Oficio tampoco se publicaron en otros países católicos como Francia.

Solo en Castilla, solo en la teoría
A decir verdad, el Index Librorum Prohibitorum y la vigilancia inquisitorial se mostraron poco diligentes en España. Las restricciones de 1558 de importar libros fueron dirigidas solo para los castellanos, lo cual significó que la censura no pasó del nivel teórico debido a que en Aragón, Cataluña y Navarra siguieron entrando toda clase de libros. Las librerías de Barcelona estaban repletas de títulos prohibidos, sin que la Inquisición, siempre con muy pocos efectivos, pudiera impedirlo. Según los estudios de Kamen, el intercambio de libros con Europa bajo Felipe II vivió un momento especialmente activo, más que cualquier tiempo anterior o posterior. Eso sin olvidar que, a lo largo de la historia, no ha habido mejor forma de convertir un libro en un best seller que prohibiéndole.

 

 

 

 

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