Los celtas, entre la realidad y el mito

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Castro celta Porto do Son, A Coruña
Castro celta Porto do Son, A Coruña

Los celtas conformaron una serie de pueblos -no uno solo, como se cree de manera extendida- de origen germano, cuyos asentamientos se establecieron en su mayoría en el noroeste europeo desde la Edad de Hierro (6.000 a.C – 2.000 a.C) hasta la Edad Media en la Península ibérica.

El legado de estas tribus ha disputado la legitimidad cultural entre las «seis naciones» (Bretaña, Gales, Cornualles, Gales, Escocia, Irlanda, e Isla de Man) -donde ha pervivido con mayor fuerza la tradición celta- y los herederos de Breogán (gallegos) junto con los galos. Sin embargo, tanto las excavaciones arqueológicas como los historiadores desde el siglo XIX han estado resolviendo gran parte del enigma histórico. ¿Vienen todos de la misma matriz étnica? o ¿Eran nuestros ancestros los celtas como los romanos dejaron constancia?

Estas mismas cuestiones sucedieron tanto a la exacerbación nacionalista de los distintos territorios herederos, como a la creación de un sinfín de mitos que dieron lugar al desarrollo de una cultura paralela cuasi mística. Pero es ese halo romántico con olor a bosque y mar envuelto en la magia lo que permitió la creación de una de las leyendas más apreciadas por todos: los celtas.

La propaganda romana

Durante el período «prerromano» -como bien lo dice el término, antes de la llegada de los mismos tanto la Península como el resto del norte de Europa- las costas sufrieron diferentes oleadas migratorias de las distintas tribus germanas, entre las cuales destacaron los celtas.

Por derecho de antiguedad aquellas gentes pálidas de cabellos claros tenían una mayor influencia sobre las áreas que habitaban, y ante aquella realidad los romanos se mostraron muy incómodos. ¿Pues cómo iba a efectuarse la empresa expansionista con aquellos grupos cómodamente asentados? De esta manera, muy hábiles en la tradición escrita -a diferencia de los celtas quienes por cuestiones religiosas decidieron legar la Historia a través de la memoria oral a las siguientes generaciones- iniciaron una terrible propaganda contra el enemigo.

Los romanos los describieron como bárbaros y primitivos -cuando dominaban el trabajo de los metales como nunca se había visto antes, pues para su tiempo eran pioneros en la fabricación de armas. Tenían una cultura artesanal muy delicada, de la que ha quedado constancia en el extraordinario trabajo visto en fíbulas, torques, escudos ceremoniales etc. Asimismo gozaban de una estructura social muy organizada. No obstante el Imperio romano trataría de mermar la fuerza de aquellos pueblos levantando falsos testimonios, entre los cuales se aseguraba que los celtas buscaban la hegemonía de su poder mediante la más sanguinaria y violenta expansión.

Al final la misión propagandística romana sí causaría el efecto deseado por los mismos, porque las falsedades continuaron en la posterioridad, pues aún miles de años después todavía se cree que eran los más terribles salvajes despiadados.

Lo cierto es que nuestros antepasados territoriales no tenían ningún interés en iniciar tan tediosa tarea de conquistar el mundo, pues bastante tenían en mantener la paz entre ellos mismos. Para sorpresa del lector no eran un solo pueblo, la razón de tanta disputa entre las tribus celtas de aquí y de allá.

Cuando Julio César habló del «pueblo celta»

Los responsables de la falsa creencia de que los celtas eran un todo indivisible se la debemos primero a los historiadores grecorromanos Hecateo y Heródoto. Por aquel tiempo, estos señores decidieron reunir a los distintos colectivos -pero que compartían la misma raíz lingüística y ciertas costumbres que se habían traspasado los unos a los otros- de aquellas gentes rubias bajo el término griego «keltics», para referirse a aquellos pobladores del noroeste europeo.

Después Julio César contribuiría a esa vaga apreciación demográfica en sus «Comentarios sobre la guerra de las Galias». Aún enfrentados entre sí todos aquellos clanes, el célebre militar los casaría a todos bajo «el pueblo celta» por los diferentes nexos culturales que compartían. Y aunque todos aquellas tribus pasaban más tiempo enemistadas que proyectando visiones conjuntas, pasaron a la Historia como una sola manifestación social.

El legado arquitectónico celta

Gracias a los inicios de la arqueología en el siglo XIX han podido desmitificarse ciertas creencias sobre la infraestructura celta, entre los cuales se hacía mucho énfasis en la pobreza arquitectónica de estos pueblos. Es cierto que comparados con los grandes levantamientos romanos, los materiales de construcción empleados por aquellos pobladores germanos resultaban mucho más vulnerables al tiempo.

Sin embargo, estos poblados -rescatados durante las excavaciones a lo largo de dos siglos- demuestran lo contario. Tanto en la Galia como Bretaña y nuestra Galicia existen pruebas de que los distintos pueblos celtas podían presumir de una organizada complejidad en su infraestructura para la defensa contra los invasores.

Sin irnos muy lejos tenemos un gran ejemplo en el castro de San Cibrán de Las (Ourense). Esta joya histórica de los fortificados pensinsulares -en la que todavía siguen trabajando los arqueólogos- disponía de tres murallas y fosos para proteger a los habitantes de aquel asentamiento.

Eso sí, los menhires -o el reconocido círculo de piedras de Stonehenge (Inglaterra) no son parte del legado celta. A diferencia de lo que equívocamente se cree el célebre monumento es anterior a estos pueblos. Según las diversas fuentes históricas es probable que pertenezcan a un grupo conocido como «protoceltas», quienes -de origen germano también- levantarían las piedras durante el neolítico británico.

 

 

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