Por qué el estigma contra la terapia de electroshock, eficaz contra la depresión profunda (y 10 veces menos peligrosa que un parto)

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Doctores en un hospital de Toronto le colocaban electrodos a una persona en una sesión de TEC simulada en 1976.
Doctores en un hospital de Toronto le colocaban electrodos a una persona en una sesión de TEC simulada en 1976.

Por qué el estigma de la terapia de electroshock, eficaz contra la depresión profunda, considerada 10 veces menos peligrosa que un parto.

 

Hace ochenta años, en la Universidad La Sapienza de Roma, un grupo de médicos le descargó 100 voltios de electricidad a un hombre de 39 años, en su cabeza. Una semana antes, la policía municipal lo había encontrado deambulando por las calles y murmurando palabras que nadie podía entender.

“No tenía emociones, vivía pasivamente, como un árbol que no da frutos”, escribió Ferdinando Accornero, un joven psiquiatra de esa universidad.

Nada parecía tener sentido y nadie había reportado su desaparición.

El hombre fue diagnosticado con esquizofrenia severa y avanzada. “La enfermedad tenía un mal pronóstico”, agregó Accornero.

“Concluimos que estábamos lidiando con una mentalidad que estaba completamente enmarañada, y daba pocas esperanzas, incluso para una recuperación parcial”.

En pocas semanas, sin embargo, este paciente misterioso estaría hablando de nuevo, viviendo en su casa y durmiendo en una cama al lado de su esposa. Volvió a su trabajo como ingeniero en Milán.

Conocido como “E.S.”, se trata del primer paciente en recibir lo que se conocería como electroshock o terapia electroconvulsiva (TEC). Aunque sus síntomas regresarían en unos pocos meses, para entonces él y los médicos sabían que se podían tratar.

Hoy, la TEC es vista con frecuencia como una herramienta de tortura bárbara y dañina para el cerebro que no tiene cabida en la medicina moderna. Y, sin embargo, sigue siendo el tratamiento más efectivo para un pequeño conjunto de enfermedades mentales.

Cargando con el estigma

Nadie sabe realmente cómo funciona. Pero en más del 80% de los casos, la TEC puede ayudar a eliminar los síntomas más dañinos de la manía, la catatonia (una condición mental que deja a los pacientes retraídos, mudos e insensibles) o la depresión severa que puede desencadenar el suicidio.

La TEC está lejos de ser perfecta. Por ejemplo, no puede curar por completo a un paciente y debe realizarse cada pocos meses para evitar que vuelvan los síntomas originales. Y existen riesgos de pérdida de memoria (a menudo temporal), dolores de cabeza y dolor de mandíbula.

Pero ¿estos efectos secundarios justifican el continuo estigma que se asocia a este tratamiento? La quimioterapia, por ejemplo, viene acompañada de una letanía de dolores y peligros, y con frecuencia no tiene éxito, pero sigue siendo un elemento básico de los tratamientos contra el cáncer.

Para muchas personas, la TEC podría ser un salvavidas. El suicidio, a menudo asociado con enfermedades mentales, es la principal causa de muerte en hombres de entre 20 y 49 años en el Reino Unido. En todo el mundo, es la segunda causa de muerte en personas de 15 a 29 años. Y la depresión es la principal causa de discapacidad a nivel mundial, una enfermedad que mina los años más saludables de nuestra vida colectiva, más que cualquier otra.

Entonces, ¿cuál es la verdad sobre la terapia electroconvulsiva?

Los grilletes de la depresión

Todos los días, a las 9:00 de la mañana, la alarma de mi teléfono me recuerda tomar mis antidepresivos.

A diferencia de mi prescripción anterior, estas píldoras parecen estar funcionando.

Combinadas con sesiones regulares de asesoramiento psicológico y dos cursos de terapia cognitiva conductual (TCC), me han permitido pasar casi cuatro meses sin depresión.

Antes de eso, tenía un par de semanas o un mes de separación entre un período de depresión y el siguiente.

No estoy curado, estoy en remisión. La depresión regresará, sería ingenuo de mi parte pensar lo contrario.

La falta de interés en las actividades que alguna vez fueron agradables, la incapacidad de amar a mis seres queridos, los inquietantes pensamientos de suicidio, todo eso volverá. Pero si dura meses o años, estar libre de esos grilletes es un regalo invalorable.

Tratamiento ambulatorio

A menudo me pregunto qué tratamiento hubiese recibido para mi depresión si hubiera nacido en una generación diferente.

A comienzos del siglo XX, podría haber sido internado en uno de los muchos hospitales psiquiátricos que salpicaban la campiña británica.

En la década de 1930, me habrían prescrito anfetaminas, la clase de fármacos que incluye éxtasis y que se comercializaron como los primeros antidepresivos.

Y en los años 40, la década en que mis abuelos habrían cumplido mi edad, entre los 20 y los 30 años, habría recibido terapia electroconvulsiva.

En este momento, la terapia electroconvulsiva era tan popular que a menudo se realizaba de forma ambulatoria.

Como una visita al dentista, los pacientes podían pedir una cita con su médico, recibir una sesión de TEC en la llamada “tienda de descargas” y regresar a casa el mismo día.

Una encuesta de 1980 encontró que el 50% de los encuestados temía más al dentista que a la TEC.

El origen húngaro

La idea de inducir convulsiones para tratar enfermedades mentales la originó el médico Ladislas von Meduna, un neurólogo de la Universidad de Budapest, Hungría.

Al igual que otros médicos que trabajaban en hospitales psiquiátricos, Von Meduna observó cómo los pacientes con esquizofrenia que sufrían de convulsiones -generalmente como efecto de los fármacos fuertes que tomaban-, parecían recuperarse.

Sus alucinaciones, conversaciones sin sentido y delirios parecieron desaparecer. Aunque los síntomas regresaban con el tiempo, esas observaciones abrían una nueva posibilidad de tratamientos psiquiátricos.

Encontrar una forma para inducir convulsiones, pensó Meduna, podía llevar a que desaparecieran algunas de las formas más tenaces de las enfermedades mentales.

En 1934, Meduna usó un medicamento llamado cardiazol (comercializado como Metrazol en Estados Unidos), el cual inducía convulsiones en cuestión de segundos o un par de minutos después de que se inyectara en el músculo.

Después de recuperar la conciencia, los pacientes que alguna vez estuvieron catatónicos comenzaron a levantarse de la cama, a vestirse y, en algunos casos, a hablar por primera vez en muchos años.

Esta nueva terapia provocó el entusiasmo entre algunos miembros de la comunidad científica: ¿Había condiciones que alguna vez se consideraron incurables que pronto se podían curar?

Alternativa al fármaco

Después de escuchar sobre el cardiazol, el doctor Ugo Cerletti, director del Departamento de Enfermedades neurológicas y mentales de la Universidad La Sapienza de Roma, pensó que conocía una mejor manera de inducir convulsiones.

Cerletti había estado usando ráfagas cortas y agudas de electricidad para inducir ataques de tipo epiléptico en animales que durante años estudió. Era instantáneo, barato y altamente controlable. A diferencia del cardiazol, que variaba en su potencia, la electricidad se dividía en dos variables básicas: número de voltios y fracciones de segundo.

Lucio Bini, uno de los estudiantes de Cerletti, diseñó y construyó una máquina basada en estos dos parámetros: un dial controlaba el voltaje, mientras que un cronómetro automático podía reducir el impacto a una décima de segundo.

Conectada al cableado eléctrico de un interruptor de luz, la “máquina de electrochoque Cerletti-Bini” enviaba una ráfaga de corriente eléctrica a través de dos electrodos, cada uno de los cuales estaba envuelto en un paño empapado en solución salina y se colocaban a cada lado de la cabeza del paciente, arriba de la sien.

“Los riesgos están justificados”

Lo que sucedió después no fue bonito. Con todos los músculos contrayéndose al mismo tiempo, el cuerpo del paciente se arquearía sobre sí mismo como la pose de muerte que se ve cuando se encuentran fósiles de dinosaurio o como si se tratara de una posición de yoga grotesca.

Los dientes frenarían un flujo restringido de aire que salía de los pulmones. Las piernas y los brazos podían sacudirse violentamente y las heces y la orina y, en el caso de los hombres, incluso el semen podrían ser expulsados del cuerpo como resultado de forzar cada tendón.

Los huesos podrían resultar fracturados, especialmente aquellos ubicados en la columna vertebral y alrededor de los hombros y las caderas. (Estas eran fracturas pequeñas que a menudo sólo eran perceptibles en los rayos X y que se curaban rápidamente, pero obviamente eran indeseables).

También hubo reportes de pérdida de memoria.

Después de recuperar la conciencia, algunos pacientes no sabían dónde se encontraban ni cómo habían llegado allí, incluso no sabían con quién estaban casados.

Aunque los recuerdos generalmente regresaban días o semanas después del tratamiento, algunos pacientes parecían haber perdido recuerdos para siempre.

Para responderle a los críticos de la TEC, Lothar Kalinowsky, uno de los antiguos colegas de Cerletti, escribió en 1946: “El cirujano no rechaza una operación necesaria debido a sus riesgos inminentes… Los trastornos mentales son tan destructivos como un crecimiento maligno y el sufrimiento que ellos pueden causar, mucho más terribles. Por lo tanto, los riesgos están justificados”.

Contra la depresión severa

De hecho, a pesar de todos sus inconvenientes, la TEC fue increíblemente eficaz en el tratamiento de algunas de las enfermedades mentales más graves, especialmente, y como pronto se dieron cuenta los médicos, la depresión severa.

En 1945, un estudio de dos psiquiatras del Hospital McLean en Massachusetts, Estados Unidos, demostró que la TEC liberaba al 80% de los pacientes de sufrir un episodio grave de depresión.

Al menos dos de sus pacientes habían sufrido de esa condición por periodos de 10 o de 15 años y con esa terapia lograron ver una mejora por primera vez tras seis o siete sesiones de TEC, las cuales se habían llevado a cabo durante algunas semanas.

Como si se tratara de un incendio forestal cuya importancia es vital para liberar las semillas contenidas en estróbilos, un rápido estallido de electricidad y, lo que es más importante, la convulsión que causaba, parecía reanimar a una persona de la gruesa armadura psicológica en la que estaba encerrada.

O como Peter Cranford, un psiquiatra que trabajaba en el Hospital estatal Milledgeville de Georgia, en Estados Unidos, anotó en su diario en la década de 1950: “estupor catatónico un día, jugar al baloncesto al siguiente”.

Los abusos

Desde sus inicios, la TEC fue mal usada y, en algunas oportunidades, se abusó de ella.

En 1944, Emil Gelny, un psiquiatra de dos hospitales psiquiátricos de Austria y miembro del Partido Nazi, modificó una máquina de ETC para utilizarla en el programa de eutanasia T4 para enfermos mentales.

Cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin, agregó cuatro electrodos más a una máquina de TEC, lo cual permitió que la corriente fluyera durante minutos (no milisegundos) y asesinó a 149 pacientes cuyas vidas consideraba “que no valían la pena ser vividas”.

Aunque mucha más gente moría por dosis letales de fármacos o por desnutrición, el trabajo de Gelny arrojaría una sombra comprensiblemente oscura sobre el futuro de la TEC.

Más comúnmente, la TEC se usó indiscriminadamente en personas a las que nunca ayudaría.

En 1946, dos psiquiatras de Siena, Italia, escribieron: “Hoy en día, no hay enfermedad mental en la que (la TEC) no se haya probado”.

Eso incluía la homosexualidad, que en los primeros tres volúmenes del Manual de diagnóstico y estadísticas de los trastornos mentales (publicado entre los años cincuenta y ochenta), era categorizada como una forma de enfermedad mental.

Tal uso generalizado, a menudo sin el consentimiento del paciente, era una forma de controlar a los pacientes incontrolables. Después de una sesión, los pacientes estaban aturdidos, somnolientos y, por lo tanto, más manejables. Era más bien una técnica para a alguien bajo custodia y no para curarle.

“Qué cosa terrible había hecho”

En su libro de 1963 “The Bell Jar”, la novelista Sylvia Plath escribió sobre su destructiva experiencia, una década antes, con la TEC.

“Algo se inclinó y me agarró y me sacudió como el fin del mundo. Whee-ee-ee-ee-ee, chilló, a través de un aire crujiendo con luz azul, y con cada destello una gran sacudida me golpeó hasta que pensé que mis huesos se romperían y la savia volaría de mí como una planta partida. Me preguntaba qué cosa terrible había hecho”.

Esta es la imagen de la TEC que predominaría en la mente del público durante décadas.

Aparecería en una actuación ganadora de los premios Oscar: la de Jack Nicholson en “Atrapados sin salida” (“One Flew Over the Cuckoo’s Nest”) de 1975.

Su bullicioso personaje Randle McMurphy más tarde recibiría una lobotomía prefrontal.

Pero Hollywood es ficción, no hechos. Ya en la década de 1940, la implementación de la TEC se había combinado con un anestésico y un relajante muscular que evitaba que el cuerpo convulsionara, prevenía fracturas o eyecciones y aseguraba que el paciente estuviese dormido durante todo el proceso.

El primero provenía de un extracto de una planta enredadera amazónica llamada curare, que se combinaba con fuertes sedantes. Pero eso llevó a un aumento en el número de muertes, 4 de 11.000 pacientes en 1943 y es que la respiración también podría paralizarse.

“10 veces más segura que el parto”

En la década de 1950, se usó cloruro de succinilcolina o “sux” en lugar de curare y se combinó con anestesia general. Hoy, el tratamiento parece muy diferente a lo que Plath llegó a describir.

“Si los (fundadores de ECT) vieran lo que sucede hoy en una clínica”, dice Max Fink, psiquiatra retirado que usó TEC desde principios de la década de 1950, “verían al paciente acostado sobre una mesa, con los electrodos colocados, corriente suministrada” y algunos movimientos del pie del paciente… Y eso es todo”.

La convulsión solo ocurre en el cerebro de una persona, como lo revela un electroencefalograma (EEG) que registra la actividad cerebral.

Esta “TEC modificada”, como se ha llegado a conocer, era mucho más segura.

Redujo la tasa de mortalidad (al implementar) a alrededor 1 en 10.000 pacientes, una probabilidad más baja que la de la anestesia general.

Como escribió un médico de la Escuela de Medicina de Chicago en 1997, “para poner el riesgo mortal de la TEC en la perspectiva adecuada, solo es necesario tener en cuenta que la TEC es aproximadamente 10 veces más segura que el parto”.

La mala prensa

A pesar de tales avances, la TEC caería en desgracia después de la década de 1960.

“Fue como si la penicilina se hubiera desvanecido de alguna manera del arsenal médico y el recuerdo de una generación de su propia existencia se hubiera borrado de alguna manera”, escribieron, en 2007, Edward Shorter y David Healy, dos historiadores médicos.

Esto se debió en parte al aumento de los medicamentos con prescripción, aunque a menudo eran menos efectivos en la depresión severa, y en otra parte a la mala prensa que la TEC recibió en libros, películas y medios de comunicación.

En la década de 1970, los historiadores Healy y Shorter escribieron, en su libro “Shock Therapy” (“Terapia de shock”), que existía un creciente movimiento antipsiquiatría encabezado por la Iglesia de la Cienciología, el cual afirmaba que la TEC “destruía las mentes”.

No hay evidencia definitiva de esto. En 1991, después de realizarse TEC en 35 pacientes con depresión, Edward Coffey y sus colegas de la Universidad de Duke, en Estados Unidos, concluyeron: “Nuestros resultados confirman y amplían los estudios previos de escaneo que tampoco encontraron ninguna relación entre la TEC y el daño cerebral”.

La pérdida de memoria, sin embargo, es un problema que muchos científicos y cienciólogos están de acuerdo, al menos hasta cierto punto.

Aunque los recuerdos perdidos por la TEC por lo general vuelven en cuestión de unas pocas semanas, hay informes de pérdidas permanentes. Como sucede con el tratamiento de cualquier otra enfermedad o con una operación, la posibilidad de salud debe sopesarse con el daño.

La pregunta importante aquí no es si la TEC es buena o mala, un milagro o un maleficio, sino si puede ayudar a las personas que realmente la necesitan.

Y existe amplia evidencia que demuestra que no solo es un tratamiento efectivo sino, en algunos casos, lo mejor con lo que contamos actualmente.

“La verdad es que sigue siendo un tratamiento increíblemente bueno”, indica Vikram Patel, profesor de la Facultad de Medicina de Harvard. “Es un tratamiento que salva vidas, uno de los pocos que tenemos en psiquiatría”.

“En realidad, nunca he visto ningún tratamiento en el trabajo de psiquiatría tan fenomenal como la TEC”.

Más efectiva

En 2004, un estudio del Consorcio para la Investigación en TEC (CORE, por sus siglas en inglés: Consortium for Research in ECT), un programa financiado por el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, descubrió que de 253 pacientes con depresión severa y psicótica, 238 (94%) respondieron con una reducción significativa de sus síntomas depresivos que fueron medidos por un cuestionario estándar.

En total, 189 (75%) de los pacientes alcanzaron la remisión completa después de un promedio de siete sesiones de TEC distribuidas en tres semanas. Diez personas (4%) abandonaron el tratamiento debido a problemas de memoria o confusión.

En comparación, los antidepresivos como los que tomo generalmente solo son efectivos en dos de cada tres personas (66%) con depresión, y la remisión solo ocurre en uno de cada tres (33%).

En referencia al potencial de la TEC, George Kirov, profesor clínico en la Universidad de Cardiff, escribió en 2017 que “si un paciente con depresión psicótica no mejora durante un curso de TEC”, hay que intentar “descubrir qué estamos haciendo mal”.

Incluso ha demostrado ser una gran promesa para las mujeres embarazadas y los ancianos, dos poblaciones que tienen un alto riesgo de depresión pero que a menudo no pueden tomar antidepresivos.

Mientras investigaba este artículo, hablé con algunos de mis amigos y familiares sobre la TEC y cada vez recibía una respuesta similar: “¿Todavía hacen eso?”

La reacción refleja incredulidad, horror y (me atrevo a decir) shock. Y es comprensible. Incluso para aquellos que no han visto “Atrapados sin salida” ni leyeron la biografía de Sylvia Plath, aplicar electroshock a alguien puede parecer tan probable que lo maté o lo cure.

 

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